Asics Gel Lye 3 x Atmos «Worldmap»

1ra parte

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Asics Gel Lyte 3 x Atmos «Worldmap»

Marrakech

Primera parte –

Me despertó la llamada del almuecín. 

Serían aproximadamente las cuatro o las cinco de la madrugada.

Llevaba varias noches en Marrakech, esta fue la primera en la que mi sueño se vio interrumpido en cuanto dicho canto vibró en mi interior.  

Desde nuestra llegada a este gigantesco oasis, en pleno mes de ramadán, mi compañera y yo habíamos tomado la costumbre de forma natural de instalarnos en la azotea de nuestro riad, al final del día, con una tetera bien llena acompañada de dos vasitos que exhibían colores y dorados, para deleitarnos con las distintas voces que se escapaban, aquí y allí, de las diversas mezquitas esparcidas en la medina.

De esta manera, aquella noche, despertado y empujado por ese timbre crepitante y esas palabras que no entendía, me vestí a toda prisa y cerré de golpe la puerta del riad sin que mi mujer se percatara.

La vieja ciudad, aún sumida en una cierta penumbra, mantenía una ligera animación. Sin embargo, a diferencia de la que tenía lugar durante el día, esta era pausada y susurrante. La gente acudía a sus lugares de oración o regresaba a sus casas. Yo, por mi parte, tomé el camino serpenteante del zoco.

Fue al perderme en este laberinto de callejuelas estrechas, con sus diversos aromas, cuando vi un bar con apenas una barra y una triste mesa acompañada de dos míseros taburetes en pésimo estado. Uno de ellos lo ocupaba un hombre mayor que tomaba un café.
Me acerqué a la barra y pedí un té nah-nah.

—No es un té lo que necesitas, joven, ¡sino un qahwa bien negro!—soltó de repente el viejo.

Yo le contesté que no soportaba el café y que me horrorizaba la huella olfativa que me dejaba en el aliento.

—Entonces, al menos siéntate en el taburete de enfrente —me propuso.

Le hice caso aunque en mi interior dudaba.

Estuvimos en silencio durante varios minutos hasta que el viejo me preguntó por mis deportivas.

—Estos zapatos me suenan de algo. Ya habías estado en Marrakech, ¿no?


—Hace bastante tiempo. Es imposible que pudiera llevarlos puestos. ¡Ni siquiera se

habían fabricado! —le contesté. 


—Pues habría jurado vérselos a un joven como tú…


—Es posible que nos hayamos cruzado en estos últimos días, acabo de deshacer las

maletas, tres días para ser exactos —le corté.

—Hum… No, no… —dijo pensativo.

Posó la mirada en el néctar oscuro y frunció el ceño, como si quisiera volver a atrapar un recuerdo lejano y esquivo. Fue tras remover la cuchara mil veces en la taza que se paró en seco, tomó un sorbo, esbozó una vasta y espeluznante sonrisa y fijó la mirada directamente en mis pupilas.

—Acomodado en mi todoterreno, hice frente a las puertas del desierto, aquellas que son invisibles para la mirada ignorante. Admiré la suavidad de un naranja nacarado al dispersarse lentamente sobre el cielo, recorriendo las curvas volátiles de las pocas nubes que se habían acoplado entre nosotros. Me acercaba a la treintena, mi cumpleaños era al día siguiente del que se escribe esta historia. Ansioso de aventuras y descubrimientos, había decidido atravesar el Mediterráneo para perderme por completo en la medina de Marrakech.

No me había atrevido a interrumpir al viejo, aún petrificado por sus ojos, de un azul que te cruzas por la noche, que prosiguió con lo que me parecía que era su historia.

—El Pájaro Azul, fue en ese Riad donde dejé las maletas. Un remanso de paz en pleno bullicio urbano. Ella formaba parte del personal, nunca supe cómo se llamaba pero no me hacía falta para prenderle fuego a su mirada abrasadora. Las conversaciones eran escasas, debido a que ese pudor no se lleva de esa manera en los países occidentales, pero, a veces, utilizaba  gestos o una simple frase para colarme en su subconsciente, con la idea de establecer una relación quimérica entre ella y yo.
Algunos dirán que infectaba sus pensamientos inmaculados con mis fantasías de exotismo, pero no, podía ver sus miradas y su indiferencia saliendo de esa sonrisa virginal que se posaba por todo mi cuerpo en cada cruce inesperado entre dos columnas o en esas escaleras estrechas.

Pero fue en vano, me resultó imposible que esta hechicera saliera sola conmigo de esta prisión de castidad.
Volvía a ver su rostro allí donde arrastraba mi esplín.

Se fundía entre las corrientes de agua en pleno corazón de la Ourika, su belleza impoluta descansaba intacta en la cumbre de esos montes nevados.
Surgió desde las múltiples plantas y flores del Jardín Majorelle, su silueta ondulaba entre las cortinas de color ocre de las casitas, y después desapareció en la intensidad de ese azul único.
Se entremezclaba con los mosaicos del palacio Bahia, reflejados en los resplandecientes colores que iban del suelo al techo. Me pareció distinguir su nombre en los adornos de escrituras de las paredes. No fue más que un espejismo.

Entonces, empecé a temer que siguiera siendo un sueño que atormentara mis noches para siempre. No podía irme sin llevarme una parte de ella.

El anciano ya no pronunció una sola palabra más.

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Crédits :
Traducción : Irene de la Torre – http://irenedelatorre.com

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