Asics Gel Lye 3 x Atmos «Worldmap»

2da parte

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Me quedé ahí, entre la excitación y la incomprensión por lo que acababa de escuchar durante una hora, que se me hizo tan fugaz como el aleteo de un ave. Un cúmulo de preguntas que ansiaba responder se agolpaban en mi mente y, justo cuando iba a formular una de ellas, el viejo reanudó su discurso como si no hubiera ocurrido nunca lo que me pareció un instante interminable.

—Me crucé a ese anciano durante una salida nocturna inédita en busca de café, tan negro como mis deseos. Estaba vagando entre las innumerables callejuelas estrechas del zoco cuando me topé con ese pequeño chiringuito en el que un hombre mayor achaparrado estaba sentado en un taburete bebiendo ese líquido. Le pedí lo mismo al dueño, que miró fijamente al anciano antes de servirme.

—No es ese el buen camino, joven —dijo el anciano.
—¿Disculpa? —contesté.
—Eso que tramas tendrá repercusiones irreversibles.

Tomé un sorbo y permanecí en silencio. El anciano posó su mirada cansada en mis deportivas.

Durante mi estancia llevaba un par de Asics Gel Lyte 3 en colaboración con una tienda japonesa, Atmos. Había optado por ese par porque pensaba que encajaba bien con el viaje que iba a emprender, ya que en este figuraba el mapamundi.

—En tus pies no se encuentra la esencia de lo que somos —reanudó—. No controlamos el mundo. Ten cuidado de no desafiar a la vida.
—Entiendo, gracias —le lancé con un tono molesto—. Solo he venido a tomar un café, pero gracias por la lección.

Me terminé la taza rápidamente después de ese impulso de condescendencia ante el que el improvisado sabio no respondió. Quizá le había cerrado el pico.
Decidí volver a casa y terminar la noche.

Al doblar una calle que conducía a mi riad, vi a la mujer a lo lejos. Mi alma atormentada me pidió actuar, la oportunidad era demasiado buena como para dejarla escapar. Solo nos separaban unos cincuenta metros.
Era plena noche. Ella no me vio y se sumergió rápidamente en una calle adyacente. Empecé a correr, pero me empujaron justo antes del cruce que ella acababa de tomar.

Un imbécil me estaba haciendo perder la oportunidad, ¡mierda!
Sacó una navaja y me pidió todo mi dinero. Parecía joven, aunque la noche cubría su identidad, iba vestido con un chándal desparejado, agujereado a ambos lados, y llevaba unas chanclas.
Al percatarme de ello, pensé que podía correr más rápido que él, algo que hice precipitadamente.
El joven me adelantó y me bloqueó el paso.
Nos chocamos con violencia. Sentí cómo un soplo glacial se abalanzaba dentro de mí y después volvía a subir a lo largo de mi columna. Sonó un ligero chasquido de metal golpeando contra el suelo al mismo tiempo en el que lo hacía mi cabeza. Intenté levantarme pero no lo conseguía, parecía que se me había anquilosado la parte inferior del cuerpo.
Subí la mirada al cielo en busca de una respuesta, pero fue en vano. Podía sentir que el joven no estaba muy lejos de mí, le imaginé desconcertado, pero quizá simplemente estaba esperando a que me durmiera. Se acercó para cachearme los bolsillos, y yo le agarré débilmente el antebrazo. Él me apartó con firmeza pero sin animosidad, como para darme a entender que no tenía sentido seguir luchando. 

Me robó la cartera y las llaves, levantó la mirada hacia la calle de la que venía, oyó unos pasos y se asustó. Se apresuró a meter las llaves en la puerta del riad, pero una de las ventanas se iluminó, y su nivel de estrés aumentó al máximo. Abandonó la idea, volvió para quitarme las deportivas y huyó hacia la dirección de esa mujer.

Me quedé tumbado con los pies descalzos, la sangre recorriéndome el estómago lentamente. Con los brazos abiertos como las víctimas de una película policíaca, observé cómo la noche estrellada se despejaba con cada latido.

Me despertó la llamada del muecín.

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Crédits :
Traducción : Irene de la Torre – http://irenedelatorre.com

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