Converse Chuck Taylor
18 años.
18 años, la cabeza rapada bajo un casco de medio huevo, montado tieso, recto como una vela, en la parte trasera de una moto blanca, marca Yamaha modelo Jog RR, posición que molestaba al piloto al tomar las curvas de cada una de las rotondas del municipio.
Texteaba mensajes a quien me acompañaría hasta el fin del mundo en la vida. Sin embargo, tenía 18 años, y no era precisamente mi futuro lejano lo que despertaba mis sentidos, sino el olor de la feria que embalsamaba toda una parte del pueblo costero. Ese maravilloso olor a algodón de azúcar, mezclado con las feromonas de los jóvenes adultos, al borde de la borrachera, amontonándose en las diferentes atracciones y, por encima de todo, en las casetas, esas carpas vestidas para la ocasión donde se baila y se bebe profusamente hasta las nueve de la mañana.
Eso era La Línea durante dos semanas de julio.
Cuando salí del piso, volví a ver a mi abuela sermonearme para que no me quedara hasta las tantas en las casetas. Era imposible que entrara en razón, el paso a la vida adulta, en definitiva.
Quedamos con amigos y amigas, participamos en varios asaltos de coches de choque y en atracciones que hacían girar los asientos en el aire pegajoso de aquella húmeda noche andaluza.
La una de la madrugada, entramos en una caseta. Encadenábamos rebujitos, una sutil mezcla de vino blanco barato y limonada sin gusto a limón, todo superpuesto bajo un reggaeton crepitante. Al haberme etiquetado como el extranjero del grupo, tuve que hacer callar a algunos, mostrándoles que en París sabíamos movernos bajo los ritmos latinos. Se rindieron cuando se acercaba el cuarto baile. Ninguno estuvo a la altura.
Finalmente llegó el momento de vaciar la vejiga.
No fue hasta mucho después que supe que en cada carpa había baños, bastante sucios para ser sincero, muy sucios, de hecho. Para esta primera salida urinaria fui a mear a los matorrales del parque municipal que estaba al lado de las discotecas.
Con la picha al aire, me puse a hablar con dos gitanos, que también la tenían fuera y que también estaban totalmente borrachos. Ese instante apenas duró un minuto, pero nos reímos tanto, sin que pueda recordar el motivo, que se me quedó grabado para toda la eternidad. Creo que fue uno de los mejores momentos de toda mi vida. Una gota de libertad difuminó en el océano de incertidumbres y remordimientos que se agitaban en mi interior. Podrían ser una tregua en ese momento extraño.
Y el hecho de haber derramado la casi totalidad de mi vejiga en mis Converse no cambia lo anterior. Eran muy sencillas, las clásicas Chuck Taylor blancas y negras, que había comprado por una miseria en Gibraltar, porque no tenían impuestos. Como buen paraíso fiscal.
Antes de volver a encontrarme con el grupo me paré enfrente de dos casetas que emanaban sonidos discordantes. El alcohol me obligó a cuestionarme mi desequilibrio de aprobación.
¿Por qué era siempre el extranjero, fuera donde fuera? Constantemente entre dos salas, dos ambientes, como si fuera imposible compaginarlos.
Volví a unirme al grupo, con lágrimas de risa, creo, que seguían brotando de mis ojos. Conté mi aventura, pero como era el único que la había vivido, el resto se rio más de mí que conmigo. Di dos vueltas más, ansioso por revivir el maravilloso instante de mi primera ruta urinaria, volví a tomar el camino hacia los matorrales. Solo hallé más preguntas, más desconcierto.
Francia me había abandonado en cuanto escribieron el apellido de mi padre en mi partida de nacimiento. Como tantos otros hijos de no franceses.
España, por su parte, me puso el mote de «franchute» o «gabacho», dos adjetivos que me dividían enseguida del resto de la población y que empeoraba aún más esa sensación constante de no pertenencia. Ese rechazo desde ambos lados de los Pirineos que constituye una grieta que probablemente nunca se arreglará. Una herencia de las inmundicias napoleónicas.
Sin embargo, mucho más adelante, desarrollé ese nuevo sentimiento, el deseo de no pertenecer a ninguno de los dos lados. Prefiero quedarme en la cima de la montaña, esa cima envidiada, porque se vuelve inalcanzable para quienes la observan desde los valles.
Terminé levantando la mirada hacia las estrellas. El cielo me observaba con su iris profundamente revelador. Su claridad me vació el corazón.
No fue hasta una década más tarde que me di cuenta, cuando subía cada noche a las azoteas de mi cuidad para observar los diamantes inaccesibles.
¿Cómo pueden apartarnos de este mundo que es nuestro?
Tenía 18 años.
Peace.
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Crédits :
Traducción : Irene de la Torre – http://irenedelatorre.com
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