Entre dos oasis

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Entre dos oasis
Ruta entre Madrid y Granada

Me voy, hermosa mía. Te dejo por otra. Quizá algo menos alocada, una que no puede querer a tanta gente como tú. Con ella encajaré mejor, creo, durante algunos años, toda una vida, quién sabe. Es también una belleza que me acerca a mis raíces, esas raíces que voy a buscar cada vez más lejos.

Mustafá y yo nos subimos a la furgoneta sudados. Treinta minutos de idas y venidas entre la planta baja y el quinto piso de lo que, de ahora en adelante, desde este preciso momento, es mi última casa madrileña. Todo baja, cajas con ropa, libros, bolsas enormes llenas de cajas de zapatos, mi pecado favorito.   
Mustafá precalienta la bestia y deja escapar un largo suspiro. Yo le había advertido de los cinco pisos sin ascensor que tendríamos que comernos. Él me contestó que la persona de la agencia de mudanzas no le había avisado. Suelta el freno, yo bebo unos sorbos de agua, partimos hacia una ruta de cuatro horas en dirección al sur.

Le llamo Mustafá, pero en ese preciso momento no tengo ni idea de cómo se llama, arrancamos a toda velocidad la mudanza. Le tuteaba, como cualquier mediterráneo que se precie, pero no le preguntaría su nombre hasta una hora antes de llegar a nuestro punto de llegada. Mis pensamientos ya en pleno corazón de Granada, me había puesto el último álbum del letrista Bantou a modo de banda sonora del viaje. Fin de trayecto, Granada. 

Pasó media hora, tuvimos tiempo de conversar un poco, pero me comporté de tal forma que fuera Mustafá el que llevase la conversación. Vivió en Madrid más de 25 años, tras unos años vagando entre Bélgica e Italia, lejos de su pueblo natal a los pies del Atlas. Marruecos, en sus propias palabras, ya no es su país, demasiada envidia, artimañas burocráticas, hipocresía monárquica. Su casa es España, «un país en el que tienes todo y a buen precio», me repitió varias veces mientras bordeábamos Ciudad Real. En adelante, solo su madre, un perro y un gran terreno en el que presiden naranjos, limoneros y olivos le animarían a volver de visita. Su mujer y sus hijos también reclamaban su dosis de amlou, de té nahnah, de recuerdos familiares y de descubrimientos que formaban parte de ellos mismos.   

Hacía dos años que no iban, a causa de la COVID y de gastos asociados, pero su madre seguía gozando de buena salud, así que eso le tranquilizaba. Continuó preguntándome por las razones por las que me mudaba. Tardé 20 minutos en responderle. Frases entrecortadas con «ehhhh», siempre más largos que el anterior. 

¿Por qué te abandoné, a ti, que me acogiste con callejuelas y grandes avenidas abiertas? Tus arterias y plazas rebosantes de vidas, jóvenes y no tan jóvenes, una dulce e inocente embriaguez que empapaba tus terrazas y aceras. Nuestros inicios fueron los de cualquier relación, apasionados. Me encantaba descubrir los rincones más recónditos, tus callejones menos iluminados que te daban forma.

Supongo que nuestra relación me permitió reconstruirme y que habíamos llegado al final. Dos años y medio, es una época larga y hermosa, ¿no crees?  

Pues sí, hubo una pandemia que nos frenó un poco, pero nos descubrimos tal y como éramos en realidad, yo más relajado y tú sin turistas. Sin ellos, te has mostrado maravillosa y atenta, pero bueno, el idilio fue breve, tu temperamento fogoso y tu avaricia te hicieron olvidarte de los que te hacen ser tal y como eres, los madrileños. Es así, España pasa por dificultades económicas, así que tú prefieres nadar a duras penas en la venalidad en lugar de salvar el barco de la humanidad. Lo entiendo, mejor dicho, lo intento, todo el mundo necesita comer. 

También es cierto que en dos años levanté el velo de quién eras tú realmente, cuáles eran tus defectos. A mi pesar, entendí que la exclusión social forma parte de ellos. Me gustó tu toma de conciencia, aunque tardía, a raíz del movimiento de Black Lives Matter. Sigo sin entender por qué concentras todo África y Bangladesh en el barrio de Lavapiés. También en otros barrios del sur, lo sé, pero no puedes negar que sea incomprensible que esta población no pueda verse en ninguna otra zona de tu enorme centro. Salvo Lavapiés y Sol, apenas frecuentas nuestros hermanos africanos.      

Madrid, ¿de qué te avergüenzas? Hay que acogerles, amarlos tanto como a los burgueses del barrio de Salamanca. Tienes un verdadero problema en este aspecto, un verdadero problema que muchas personas esclarecen cada día sin descanso. Moha Gerehou, Youssef M. Ouled, Asaari Bibang, Lucia Mbomio por solo nombrar algunos y algunas. Son los madrileños quienes te hacen ser como eres, los madrileños, con independencia de su origen.   

Mustafá me escuchaba, aunque no entendía realmente mis observaciones por su lugar de residencia y sus vivencias. Dos generaciones que intentaban conversar sobre este tema delicado. Dos vidas en los polos opuestos, distintas preocupaciones. Debió de ser algo diferente en Fuenlabrada, un suburbio al sur de Madrid. Supongo que se parecería más a la aglomeración parisina, más mezclada y menos sectorizada. 

Eso no me impidió tener un trozo de ti en la piel, literalmente.

Estuvimos en silencio media hora larga, él, con la mirada centrada en la carretera, y yo, con la cabeza apoyada en la ventanilla, los ojos cerrados y la cara aliviada por el sol. Al volverlos a abrir, se descubrió ante mí ese paisaje de los meses de agosto de mi infancia, campos de olivos infinitos.

A nuestra derecha, Jaén y una señal que indicaba que Granada estaba a unas pocas decenas de kilómetros. Abrí la ventana, el olor característico de los olivos hizo reaparecer vagas imágenes de mis abuelos. Acababa de entrever la respuesta que había estado buscando todo ese tiempo.    


—Mustafá, antes me preguntabas que por qué Granada, ¿no?
—Sí, sí. Y sigo esperando —, respondió, concentrado en la carretera. 
—Está bien, tengo la respuesta.
—¿Y bien? —dijo impaciente.
—El Mektoub.

Mustafá se volvió hacia mí sin decir nada, su mirada le delató la sonrisa, escondida tras la mascarilla. Lo entendió y, desde ese momento, yo también lo hice. Me embarqué en el viaje más incierto de mi vida.

Es una página de mi libro que se pasa.

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Crédits :
Traducción : Irene de la Torre – http://irenedelatorre.com
Prod by : Turo – https://www.instagram.com/turocorp/

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