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Cuando vivía en Madrid, había tomado la costumbre de ir caminando desde la escuela en la que estudiaba neerlandés hasta mi casa. Un recorrido que iba desde el metro de Islas Filipinas hasta Lavapiés. Unos 8 kilómetros, de 21:30 h a 23:00 h, pero me imagino que la información con la que os habéis quedado es el hecho de que estudie neerlandés. Era interesante, otra perspectiva de las cosas, con estructuras opuestas a las de las lenguas latinas. Siguiente tema. 

Mi trayecto nocturno de una ínfima parte de Madrid tenía lugar los lunes y los miércoles. Dos días de la semana muy distintos en cuanto a ambiente. 

El lunes es un día tranquilo. Tranquilo para Madrid significa que hay mesas libres en las terrazas. El miércoles, como en el resto de las capitales europeas, es un día cosmopolita, un día estudiante, un día Erasmus. Por eso, no hay sillas frías que aguardan tímidamente a que unas nalgas se apoyen en ellas. Abunda la juventud, la embriaguez, la despreocupación, la vitalidad. Época pre-COVID.   

Cuando Madrid volvió a abrir sus puertas a la vida, esta zona siguió estando animada, aunque un poco abandonada por la juventud local, el paro obliga. En mi opinión, este barrio era una especie de barómetro social de la situación económica de los menores de 35 años que viven en la capital. Tomo voluntariamente esa edad de 35 años porque tener un contrato indefinido antes de la treintena es un logro muy difícil de conseguir, aquí, en España.  

Vamos, acompañadme por una de mis errancias nocturnas. 

Tomemos como punto de partida el principio de la calle Vallehermoso, a la salida de la línea 7 de metro. Como su propio nombre indica, «valle hermoso», cuenta con numerosas actividades, tránsito, comercios abiertos y terrazas cuidadosamente llenas. Da voces, grita y ríe a carcajada limpia embriagada por el lúpulo más barato de la cerveza local, la Mahou. Nada que añadir, aparte del hecho de que los dueños de bares deben estar contentos de recuperar algo parecido a la normalidad que había antes del cataclismo epidémico.  

Sigamos bajando a toda marcha nuestra ajetreada cuesta, ahora cruzamos la calle Donoso Cortés. ¿Estáis ahí conmigo? ¡Mirad! No hay tanto jaleo, ¿verdad? Jaleo de risas, no de motores, porque los ruidos de los cilindros son constantes en Madrid. De repente hay menos bares, menos alegrías.  

También se observan varios pequeños comercios que han cerrado definitivamente sus puertas. Tiendas que, sin embargo, parecían estar bien arraigadas, tal y cómo anuncian los diferentes rótulos que siguen presentes sobre las puertas de entrada, indicando «casa fundada en 1987», por solo citar uno de ellos. Los estragos de la crisis, una crisis que se ha sumado a los restos de la de 2008, aún presente en España, cabe destacar.     

Mientras pensaba en esto, tanto vosotros como yo bordeamos la fachada de un bar de acento francés, la Franchutería. «Franchute», una palabra ligeramente despectiva para referirse a una persona francesa. Bien, seguimos. 

Bajamos unos diez minutos más y nos encontramos en la parte menos glamurosa del valle, una sala de apuestas deportivas, una entrada de supermercado junto a seis grandes contenedores, donde se pudren y desprenden los productos perecederos que no se han vendido durante la jornada. Cruzando la ribera asfaltada, dos bares pequeños, algo cutrecillos, con un ambiente pálido que se suma a este ambiente moribundo. Venid conmigo un momento. 

De hecho, no es la primera vez que paso y me detengo en este punto concreto de la calle principal. 

Cuando pasé por primera vez, observé a tres ancianitas que hablaban junto a los contenedores, cada una con un carrito de compra en el extremo del brazo, a las diez de la noche. Así que decidí continuar mi camino. Mis paseos furtivos continuaron algunas semanas más hasta una noche agradable, de una temperatura superior a los 15 grados en febrero, en la que decidí tomarme mi tiempo. Me acuerdo porque esa noche llevaba unas Nike More Uptempo, las negras y blancas, con grandes letras que formaban la palabra «AIR» a cada lado de las deportivas y la suela con la amortiguación AIR por todas partes.    

Me estaban destrozando salvajemente el tobillo, así que puse el culo en un banco cerca de la entrada del supermercado, un Alcampo, Auchan para los francófonos. Fue entonces cuando volví a ver a nuestras ancianitas haciendo la compra. Pero no el mismo tipo de compras a las que estamos acostumbrados, tanto vosotros como yo. No. 

Arrastraban sus carritos pero no entraron en el supermercado. Mientras hablaban, una de ellas levantó la tapa de cada uno de los contenedores para ver lo que habían tirado. 

¡Os estoy hablando de mujeres que aparentaban unos setenta años! Y allí estaba yo, observándolas como un voyerista sociodemográfico. Todo tipo de preguntas me asaltaron en la cabeza. ¿De dónde eran? ¿Dónde vivían y en qué condiciones? El importe de sus pensiones de jubilación, y un largo etcétera. 

Pasaron 30 minutos. Si queréis leer una descripción del aspecto físico y estilístico de las tres mujeres, aquí la tenéis. 

Dos de ellas con el pelo blanco, moreno para la otra, sucios y grasientos con tan solo observar la forma en la que caían sobre sus rostros. Andrajos a modo de atuendo social que consistían, en la parte superior del cuerpo, en un solapamiento de jerséis agujereados con gruesas mallas de colores veraniegos, azul, verde manzana, naranja y rosa. Suena como unas vacaciones en la costa catalana, ¿verdad? Un pantalón de pijama gris moteado de grasa para la morena y unas mallas de chandal estampadas para las otras dos completaban el conjunto.     

Me gustaba imaginarme que eran viejas amigas que se ayudaban entre ellas en su supervivencia diaria. No he hablado de los zapatos, ¿es realmente necesario? Calcetines gruesos metidos al nivel del dedo gordo por la parte superior de las chanclas con suelas de goma desgastadas por el vigoroso asfalto urbano. Bajé la mirada hacia mis zapatos como para asegurarme de que, por mi parte, todo iba bien. Entonces, las compras y su conversación tocaron a su fin, la morena subió la calle hacia mi dirección y las otras dos se dirigieron hacia una diagonal.   

Vino a sentarse a mi lado, mejor dicho al otro lado del banco. Inspeccionó en su carrito la cosecha del día. Una caja de huevos, una botella de gazpacho, algo de fruta y verdura de aspecto penoso, paquetes de embutidos. Alzó la mirada hacia la mía, examinándola. Yo fingí una evasiva visual.    

Me preguntó que si tenía algún problema, yo le contesté con otra pregunta, ofreciéndole agua. Ella me respondió que no quería, y después fijó la mirada en mis Nikes

—Son chulas tus deportivas. 

Le di las gracias verbalmente, añadiendo un asentimiento con la cabeza, y después me preguntó qué era lo que llevaban escrito. 

AIR, «aire» en español.

—Aire, eso es algo que me vendría muy bien ahora mismo —contestó ella, lanzando una carcajada.  

Podría haber sido mi abuela. 

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Crédits :
Traducción : Irene de la Torre – http://irenedelatorre.com

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