Nike Cortez « Forest Gump »
Fue la primera y la última vez que me sentí francés con «F» mayúscula.
Tras echar un vistazo a mi alrededor, vi abrazarse a gente de cualquier origen, con los ojos enfocados en la misma dirección, cantando.
Al lado tenía a mis amigos, ya emocionados, incluso antes de la primera parte.
Estábamos en Levallois, en la plaza del ayuntamiento, donde al menos cientos de personas se habían agolpado en frente de una pantalla gigante para apoyar a la selección francesa. Aguadas blancas, azules y rojas se difuminaban con orgullo en las mejillas como leves imitaciones de los iroqueses, gritos y las risas brotaron desde las cuatro esquinas de la plaza. El ayuntamiento había autorizado food-trucks con el objetivo de que todo el mundo se lo pasara bien y de recuperarse económicamente gracias a los 23.
Y hablando de los 23, este equipo empezó a hacerme vibrar desde los cuartos, cuando se enfrentaba a nuestros primos argentinos. Fue un partido asombroso con una frase como alegoría que permanecerá siempre en el recuerdo de los franceses: «¡El tiro de Pavard!».
Los dos equipos me habían maravillado, y se notaba que algo había nacido en el EDF.
Las bambalinas habían salido ligeramente a la luz con la ayuda de las redes sociales, y el pueblo francés se agarró y se reencontró en la alegría y el buen humor que emanaba de ese grupo ecléctico y homogéneo. Cantaban Naza a pleno pulmón y era estupendo ver a esos chicos disfrutar del momento.
Mediados de julio, sonó el pistoletazo de salida en Moscú. Durante los 15 primeros minutos no pasó nada remarcable, lo que entorpeció el ambiente de la plaza.
La pasividad en acontecimientos como este es claramente algo de una generación completamente arruinada por el teléfono móvil.
Y, finalmente, de un tiro libre de Griezmann, la explosión.
Primer gol de esta final, 1-0 Francia.
Estalla en todos los sentidos, la gente enloquece, desconocidos se agarran del brazo, pero aún queda mucho tiempo, por lo que la alegría se calma y deja lugar a la expectación. Hicimos bien, porque los croatas solo tardaron siete minutos en empatar. En mí surgió una ligera angustia mezclada con lo que podría relacionarse con una alegría dañina. Ya sabéis, ese sentimiento que se expresa perfectamente con un «toma».
Siempre fui contra la selección francesa, porque a mí nunca me habían aceptado como francés. Desde muy pequeño fui el español o el portugués, el no francés, como todos los niños que no tienen apellidos de connotación típica francesa. No soy un Dupuis, ni siquiera un Gastier, soy un Alegre, un jodido francés del mismo nivel que un De Sousa, que una Fedjoune, que un Doumbouya, que una Ye o que un Lubelski, que una Edelman. Y por eso nunca había sido de ningún equipo que llevara el emblema del gallo en el pecho.
Pero no en ese momento. No al haber observado a ese grupo. Me imagino que la sensación fue la misma para todas las personas de origen inmigrante, con la mirada puesta en el equipo del 98. Pues, el mío era el equipo de 2018. Después de todo, incluso durante ese segundo gol resurgieron mis antiguos demonios, susurrándome al oído: «¡Se lo merecen! De todas formas, ¡los franceses solo se merecen esto!», decidí dejar que reapareciera el francés que llevaba dentro.
Fue gracias a este equipo que encontré la fuerza para aceptar y tomar entre mis brazos a Pablo el hexagonal. Porque quería estremecerme con algo, sinceramente, quería tener la misma sensación que tuve en 2010 con España. Quería reconciliar mis dos culturas, de una vez por todas. Aprender y entender la importancia de aceptar y de darle el mismo espacio a ambas.
No tuve que esperar mucho, penalti minuto ’38 del que comparte el mismo corte de pelo conmigo, que en ese entonces jugaba en el Atlético, contra el portero croata, 2-1 Francia. Una nueva euforia. Salté perdido en una marea de los colores de la bandera tricolor.
Estaba contento. Estaba contento porque por fin pertenecía a un todo. Como no tenía la camiseta del equipo francés me puse una camiseta blanca muy sencilla, un pantalón beige y un par de deportivas Cortez, las de la película de Forest Gump.
Era ideal para la ocasión, ya que también contaba con los mismos colores de la bandera.
El árbitro pitó el descanso, y nosotros empezamos a analizar el partido como si fuéramos grandes expertos. Os transmitiré la segunda parte, que se vivió por todos los presentes en Levallois y por toda Francia– la Francia ampliada, por supuesto, la que está bajo varios husos horarios – como un sueño.
La Pioche, seguido del joven de Bondy y, finalmente, el pitido final.
Gritos, llantos, más gritos, abrazos, fraternidad, alegría, amor.
Decidimos ir a los Campos Elíseos para sentir la agitación de ese vértigo eufórico de pertenencia que solo el deporte es capaz de otorgar.
Pasamos la noche bajo las estrellas, esas que brillan en los ojos.
Audio aussi disponible sur Spotify , Appel Podcast, Anchor, Deezer et YouTube.
Crédits :
Traducción : Irene de la Torre – http://irenedelatorre.com
Partagez
Tweet